La Corota, el minúsculo santuario natural sobre la laguna de La Cocha
Es difícil escoger cual de las dos es la más bella y asombrosa, si la pequeñísima isla o la gran laguna, que la rodea, pero “si en Las Lajas los hombres honran a Dios, en La Cocha, Dios regala toda la belleza posible” afirma Andrés Cadavid, comparando el sitio de devoción de Ipiales con la laguna ubicada también en el departamento de Nariño, a media hora de Pasto, su capital.
La isla santuario de fauna y flora de La Corota, con su pequeña iglesia construida en madera por la comunidad es “un bello regalo de Dios”, en cuyas escasas dos hectáreas de bosques, se condensan alrededor de 500 especies de plantas que compiten por luz y nutrientes. El inventario de especies de esta zona incluye “ranas caminadoras, mieleros azules, golondrinas, palomas y vencejos. En los juncos de las orillas se encuentran aves como patos y pollas de agua, ambas especies en peligro de extinción”.
El relativo aislamiento que caracteriza a la isla ha permitido que al paso de las eras, se hayan formado en ella nuevas especies animales y vegetales distintas de las del continente.
La isla tiene un sendero ecológico que la cruza de extremo a extremo, en un recorrido ligeramente elevado, que de ida y vuelta toma un poco más de una hora. A lo largo de la caminata el visitante se deleita viendo la magia del lugar techado por las copas de los árboles que en su mayoría alcanzan hasta los 20 metros de altura. “el bosque teje un dosel curiosamente cerrado y homogéneo, semejante a una bóveda que en algunos sectores parece un rompecabezas, pues las copas calzan perfectamente como si hubiesen sido podadas por un jardinero”. Las figuras que así se forman inspiran la creatividad del observador para imaginar formas humanas, de animales y cosas, enriqueciendo su perspectiva, bajo la sombra húmeda de los árboles.
Uno de los regalos de esta caminata es ir encontrando a lo largo del recorrido, tres miradores que paulatinamente iluminan el sendero y permiten recrear la vista sobre un panorama espectacular: un gran espejo de agua circundado por las altas y lejanas montañas del sistema andino.
La región nariñense en Colombia tiene una población con una marcada influencia indígena y mestiza, por cuya sangre corren parejas la influencia del blanco español y el indoamericano. Este influjo marca una herencia de fuertes creencias religiosas, en el marco de cuyos festivales se da una competencia cuyo escenario son las frías aguas de la laguna.
Las competencias anuales de natación en el mes de febrero, reúnen competidores amateurs – muchos de ellos provenientes de vecinos municipios de la costa pacífica como Tumaco, atraídos más por el deseo de demostrar su resistencia al frío, que en tratar de romper records de velocidad en el agua. Los nadadores se sumergen en esta laguna que según el decir de los lugareños “no se le conoce fondo” y cuyas aguas oscuras y muy frías (11º C), parecen inexpugnables. La laguna mide 20 kilómetros de largo y 5 de ancho, mientras que su profundidad máxima es de 75 metros, siendo la segunda laguna más grande de Colombia, después de la de Tota, en Boyacá, al centro del país.
En la isla se construyó un centro de observación ambiental, en el cual trabajan investigadores, docentes y estudiantes de diversas universidades del país. Durante la época decembrina la estación permanece cerrada y el visitante es recibido por la soledad y la belleza de este hermoso paraje. El 18 de abril de 2000, Colombia inscribió la laguna de La Cocha o lago Guamúes (en lengua Quechua) como humedal de importancia internacional y pasó a ser protegido como reserva Ramsar, la primera con esta distinción en la zona andina.
Las fiestas en El Encano, municipio al cual pertenece la laguna se realizan en febrero, pero la época seca de la localidad se presenta en enero y julio; mientras que los meses más lluviosos son octubre y mayo. La zona registra abundantes precipitaciones que oscilan entre 1.000 y 1.500 milímetros cúbicos anuales.
Andrés Cadavid, ya citado, explica que La Cocha se ubica en uno de los páramos más bajos del mundo, pues se encuentra a 2.830 metros sobre el nivel del mar, a pesar de que este piso térmico se denomina así a partir de los 3 mil metros.
Hablando con los lugareños, el visitante se entera de una buena cantidad de relatos míticos sobre esta bella formación geológica. La iglesita de La Corota, situada en la entrada a la isla, es lugar de peregrinación de los nariñenses. Se cree que al orar en la iglesia de la pequeña isla, se alivian los problemas económicos, sentimentales y hasta las enfermedades. También se escuchan relatos de cómo hay un ente en las aguas de la laguna que vuelca las embarcaciones haciendo que se ahoguen los navegantes. El mito se construye especialmente sobre el fenómeno climático que provoca fuertísimos vientos en agosto, al igual que en todo el territorio colombiano.
Pero la misma formación de la isla tiene una bella explicación en boca de los lugareños: era un totumo que se volcó y dejó vaciar su contenido sobre la tierra. Ese contenido es el agua que forma la laguna. El totumo o mate, es un árbol de tamaño mediano muy común en diversas zonas del país, cuyo fruto se vacea para conseguir una vasija de caprichosas formas redondeadas, con la cual se hacen vasijas utilitarias como cucharas, vasos y empaques para postres autóctonos. El nariñense, muy hábil en el desarrollo de artesanías gracias a su tradición indígena, trabaja bellamente este material que da formas a hebillas, cinturones, ceniceros, collares y abalorios femeninos, entre muchísimos más productos.
Aprovechando las frías aguas, en la laguna se sembraron trucha arco iris y guapuchas para la alimentación, convirtiendo esta actividad en una importante fuente de ingresos para los habitantes, tanto como el turismo. Para completar el bienestar que brinda esta tranquila zona es obligado mencionar las delicias gastronómicas de la localidad, como la trucha, en variadas presentaciones; las mermeladas de frutos frescos como las moras, la papaya; las ensaladas con su toque de frescura; los lácteos con sus derivaciones de kumis, yogures aderezados con sabores naturales de frutas picadas y los dulces de leche. Todas estas delicias se ofrecen despertando los antojos del visitante.
La visita a este puerto en el municipio del Encano, no es un paseo costoso, pues los recorridos son cortos desde la capital de Nariño, a la cual se llega en avión o por carretera. Si se llega en vehículo desde Pasto, el visitante encuentra un puerto sobre agua dulce con tenderetes en madera pintados de manera colorida, tiendas de artesanías muy económicas y restaurantes con muy buena comida.
Pero el puerto rememora un lugar europeo. Podría pasar perfectamente por un muelle holandés, en el cual se ve una interesante ceremonia matutina. Los lancheros se reúnen en círculos a rifar los turnos con los cuales saldrán a lo largo del día en sus lanchas a llevar turistas o a las labores de pesca, en un ceremonial respetuoso que recuerda las mingas indígenas y el valor de lo colectivo, que acompaña a estas etnias.
Para recibir al viajero, La Cocha cuenta con dos importantes instalaciones hoteleras: El chalet suizo y el Hotel Sindamanoy. Este último cuenta con más de 70 habitaciones y confortables suites, donde el visitante recibe una cálida atención que puede ir desde cenar en una mesa privilegiada, al pie de la chimenea, como poder preparar en la chimenea de la suite, unas deliciosas palomitas de maíz mientras se caliente en las frías noches.
El amanecer es otro espectáculo maravilloso, mirando a la laguna desde los ventanales enmarcados por las flores de geranios de variados colores. Entre la paz y la belleza del lugar, no se puede escoger cual es más provocadora si la isla o la laguna. Lo importante es disfrutar de este conjunto tan armónico que parece puesto sobre la tierra como un regalo para los seres humanos.





Noviembre 20th, 2009


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